jueves, diciembre 14, 2006

El CUENTO DE SAN PEPINO

CAPÍTULO XIII

Las llamas que salían por la nariz del oráculo rojo iluminaban la oscuridad mientras éste se arrastraba por el fango del oscuro pasadizo. Al llegar a la altura del agujero, que Aliné había tapado minutos antes, paró en seco como si hubiera presentido lo que había pasado, y una sonrisa diabólica se dibujó en su rostro. Levantó la mirada hacia la roca y de un empujón la hizo volar varios metros. Momentos después la cabeza del demonio asomó a la superficie de la tierra. Éste miró hacia todas partes, olfateó varias veces como si buscara el camino por el que Aliné había escapado y de un gran salto surgió del hoyo emprendiendo a correr en la misma dirección que lo había hecho ella minutos antes.



El tío Sam andaba lo más rápido que podía pero así y todo, a él mismo, le parecía que no era suficiente. Las facciones, se le notaban graves y rígidas bajo la gran barba blanca. Ernesto le seguía a unos metros con cara de preocupación pero con entereza, y por último, Anacleto Torquemada seguía el paso decidido de los otros dos y al mismo tiempo pelaba la punta de un palo a modo de lanza con la navaja choricera del tío Sam. Unos metros más adelante, el sendero creaba una curva que se escondía silenciosa detrás de una gran roca, haciendo que la continuación de éste no se pudiera prever.
La luna brillaba tanto que la visibilidad era bastante clara. En cambio, en el silencio de la montaña solo se escuchaban los pasos que los tres hombres iban dando el uno detrás del otro.
De pronto el tío Sam creyó oír un ruido. Paró en seco, y con una mano hizo el gesto de parada, que los otros dos compañeros interpretaron al instante. En el silencio de la noche, se empezaron a escuchar unos ruidos parecidos al que hacen las piedras cuando caen pendiente abajo. Los ruidos provenían del otro lado de la curva. Silenciosamente el tío Sam se dirigió hacia la gran roca que ocultaba el sendero y Ernesto y Anacleto Torquemada le siguieron. Cuando llegaron a ella, pegaron sus espaldas contra su fría piedra y rezaron para que fuese lo que fuese lo que caminaba hacia ellos no fuera el oráculo rojo.
El ruido de las piedras rebotando unas con otras iba acercándose a ellos. Cuando el ser que producía el ruido dio la curva y pasó delante de los tres hombres, éstos, ni cortos ni perezosos, se abalanzaron sobre él y se enzarzaron en una reñida disputa.
-¡Ya lo tenemos! –grito Anacleto Torquemada instantes después-
-¡Mío! ¡Mío! –Exclamó Ernesto-
-¡Parad!
El grito del tío Sam hizo que el silencio volviera de nuevo a la montaña.
-¡Maldito cangrejo! ¿se puede saber de dónde sales?
El tío Sam tenía cogido al cangrejo por una pata y lo sostenía al aire.
-Lástima que no puedas hablar -le dijo al cangrejo-… Pero si este está aquí… Aliné no tiene que andar muy lejos. ¡Vamos! no tenemos tiempo que perder… Tú vendrás con nosotros –al cangrejo- Ernesto, tú te harás cargo de él.
Las espaldas del cangrejo cayeron en la mochila de piel de Ernesto y los tres hombres reanudaron la marcha.


El aliento que Aliné expulsaba por la boca se convertía en un humo blanco debido al frío. En cambio, sudaba tanto que su ropa estaba empapada. Hacía mucho rato que escapaba del Oráculo Rojo y empezaba a desfallecer. Las zapatillas de footing se ajustaban perfectamente al terreno, pero si el Oráculo había conseguido escapar, temía que pudiera atraparla. No conocía sus poderes todavía y no tenía ni idea de lo que podía ser capaz de hacer con ellos.
Paró un momento y agachó el tronco apoyando las manos en las rodillas y así dejar descansar la espalda. Volvió a erguirse, miró hacia delante, miró hacia atrás y miró a la luna... No se oía nada, ningún ruido, solo el sonido del mar a lo lejos en los acantilados. Respiró unos instantes mirando en dentro de sí misma, y acto seguido, un crujir de ramas proviniente de detrás de ella sonó en sus oídos...