domingo, diciembre 17, 2006

El CUENTO DE SAN PEPINO


CAPÍTULO XIV

De pronto, los matorrales situados a espaldas de Aliné, se abrieron estrepitosamente y el Oráculo Rojo saltó encima de ella atrapándola como a una nuez. No podía moverse, sus brazos y sus piernas se retorcían bajo el peso de la bestia, pero ésta la tenía capturada con tanta fuerza que era imposible librarse de él. El oráculo se retorció en el suelo e hizo que la muchacha girara su cuerpo hacia el suyo. Después, con una mano, le cogió la cabeza y la acercó hasta su cara, y cuando tuvo la boca de la chica la altura de la suya, le cogió de las mejillas con sus viscosos dedos, y se la hizo abrir hasta que él pudo acercar la suya. De la oscuridad de la boca del monstruo salió una ráfaga de color violeta que entró en la boca de la muchacha hasta desaparecer por su garganta. La abducción duró unos instantes, lo suficiente para que el oráculo cumpliera su propósito.
Al terminar, soltó a la chica y la dejó caer en el suelo, donde su cuerpo inerte quedó desvanecido. El oráculo se levantó, abrió los brazos y estiró todo el cuerpo hacia el cielo dejando que una especie de nebulosa blanca que apareció de la nada, fuera absorbida por su boca. Al terminar de hacer aquello, miró hacia la chica y cambió la expresión de su cara. Ahora parecía la de un padre al ver su hija dormir.
El Oráculo Rojo estaba contento, solo quedaba un rato para que fueran las doce de la noche, y la venganza que había esperado durante tanto tiempo, sería consumada por fin. Para él, había llegado la hora de que el orden volviera a la tierra. En su cuerpo, dentro de su estómago, el alma del joven de la playa esperaba a que otra alma se uniera a ella. Solo era necesario una llave que abriera las puertas al un nuevo orden, y Aliné iba a ser la llave que las abriera.



Al mismo tiempo, el tío Sam y sus dos amigos consumían rápidamente el camino que les debía conducir a la cima de la montaña y se acercaban peligrosamente al lugar donde el Oráculo Rojo se disponía a ejecutar la ceremonia en la que robaría el alma de Alné y la uniría a la del joven de la playa. De esa forma, un ser superior, cruelmente malvado y creado para hacer el mal, advendría a la tierra y sumiría a sus habitantes, sobre todo a los de San Pepino, en una eternidad de sacrilegios.

Mientras tanto, dentro de la mochila el cangrejo rojo era ajeno a todo lo que pasaba fuera, sin intuir lo que el destino le depararía. Pero aprovechando ese momento de intimidad, no dudó en hacer buena cuenta de la morcilla que Ernesto transportaba en la mochila. Cuando hubo terminado con ella estaba tan lleno que no podía moverse, así que pensó que lo mejor sería echarse una siesta, pero cual fue su sorpresa que justo a su lado una botella de vino del mejor tinto de la comarca esperaba en silencio a que alguien la abriera. Los ojos del cangrejo ojos brillaron y se abrieron como dos olivas y de un rápido pinzazo le arrancó el tapón de corcho y …