viernes, diciembre 22, 2006

El CUENTO DE SAN PEPINO

CAPÍTULO XV

El camino se iba haciendo cada vez más pesado al aumentar el desnivel de la pendiente, por eso el tío Sam iba animando a sus dos seguidores que hacían lo que podían para mantener el ritmo de la ascensión. Ernesto era, de los tres, el que parecía más preocupado, ya que la vida de su hija estaba en peligro y no podía permitirse el lujo de aflojar.

Mientras tanto el cuerpo de Aliné yacía inerte sobre la superficie plana de una roca que a su vez hacía de altar. Unas largas cañas de bambú, por su parte posterior hacían de biombo entre el acantilado y la chica. A lo lejos el mar.
La respiración de Aliné era casi imperceptible, lo justo como para mantenerse con vida. Así lo había provocado el viejo brujo con la intención de consumar su venganza. El oráculo había vuelto a su estado anterior, cuando todavía estaba en la cueva y vestido con el guardapolvo marronoso que le llegaba hasta los pies hacía sus abluciones antes de comenzar el ritual. Era imposible vislumbrar cualquier parte de su cuerpo, ya que el hábito lo cubría completamente, era algo así como si el guardapolvo estuviera relleno de aire.
El oráculo había rodeado cuidadosamente con llamas encendidas a base de aceite para quemar el cuerpo de la chica y las había dispuesto a su alrededor sobre la roca. Esa era la forma en que hacía miles de años llevaba a cabo los conjuros y sacrificios en invocación a sus dioses. El corazón todavía latiente de un animal de tres patas, la cresta de un gallo de pelea, el rabo de un buey de tres cuernos y el diente de un caballo gris, eran los otros artilugios que el oráculo usaría para conseguir su propósito, además de la magia milenaria que los sumos sacerdotes habían consagrado en el mundo de las tinieblas, y que ahora se lo habían transmitdo al oráculo.
Los dedos largos y huesudos del brujo fueron tomando uno a uno aquellos restos y lanzándolos a la oscura olla que cocía sobre el fuego que él mismo había dispuesto en un lado.
Ya casi eran las doce de la noche y no había rastro alguno del tío Sam ni de sus dos compañeros por ninguna parte. El Oráculo no sospechaba de la presencia por de éstos en la montaña, así que viendo el tiempo que restaba para completar la ceremonia empezó a zambullirse de lleno en el ritual; levantó los brazos en el aire y dirigió sus manos defecas hacia el cielo. Al mismo momento una leve brisa empezó a soplar haciendo que los ropajes del brujo y las cañas que hacían de biombo al acantilado se movieran impulsados suavemente a un lado y a otro. El caldo espeso que llenaba la olla, empezó a hervir sobremanera hasta salpicar fuera de ella misma, al hacerlo las formas que producía el hervor de aquel brebaje parecían tomar vida propia.
Por la posición de la luna, el brujo supo que faltaba solamente un minuto para que llegaran las doce de la noche.
Todavía con los brazos hacia arriba, el oráculo empezó a producir un sonido gutural parecido al ronroneo de un gato gigantesco. Por suerte Aliné estaba completamente dormida y no podía presenciar aquel espectáculo aterrador.
Debajo de la capucha mortecina, en la oscuridad de la silueta del brujo, se iluminaron dos destellos parecidos a dos lucecitas rojas a modo de ojos y al mismo tiempo el espeso caldo de la olla volvió a rebosar con sus formas animadas por todas partes al mismo tiempo que la brisa de antes, ahora se convertía en un fuerte viento.

Las doce.