martes, enero 02, 2007

El CUENTO DE SAN PEPINO

CAPÍTULO XIX

El cangrejo rojo blandía suavemente sobre las piedras del semicírculo que dibujaba la explanada mientras el monstruo volvía a levantarse sobre sus dos piernas de caballo y se dirigía hacia Aliné. La tomó una vez más en brazos y volvió a exclamar uno de sus bramidos dejando al tío Sam con una sordera temporal que no le desapareció hasta pasados unos minutos. Éste viendo el peligro inminente que se cernía sobre la chica decidió bajar a la explanada.
-¡Detente Oráculo! Estás profanando la tumba de los antepasados.
El oráculo se volvió hacia el tío Sam decidido a quitar de en medio a quien fuera que se atrevía a proferir esas amenazas.
Al darse la vuelta su cara cambió de expresión. El rostro de la persona que tenía en frente le resultaba familiar pero no acababa de saber de quién se trataba. Dio unos pasos hacia “el hombre de la barba blanca” y por fin lo reconoció:
-Así que eres tú. –Habló el oráculo- creía que habías muerto en la batalla…
-Ya lo ves, vuestros conjuros no pudieron acabar conmigo. Aquí estoy. Dile a tu monstruo que suelte a la chica o de lo contrario…
-Traidor, sigues estando de su parte, como hace tres mil años cuando nos vendiste a los enemigos.
-Ellos eran los únicos que podían salvar a San Pepino de vuestra tiranía. Habíais convencido a todo el mundo con vuestra palabrería pero a mi no me conseguisteis convencer.
-Bueno, mejor así, podré vengarme por partida doble, primero de ti y después del mundo entero.
-Será mejor que me hagas caso…
-¡Que piensas hacer! Lanzarme uno de tus rayos mortíferos…-Burlándose del tío Sam- Hace años quizás me venciste, pero ahora...
-¡Veámoslo entonces!
-Como quieras, será un placer acabar con el Diente Blanco.
-¡Ahora me llamo Sam!
-Claro, has vivido con los conquistadores durante todo este tiempo como si fueras uno de ellos, pero a mi no me engañas.
-Soy uno de ellos, nuestro pueblo estaba dominado por el mal que vosotros, los brujos, habíais traído, ellos fueron la salvación.
-Permíteme que me ría, ¡el mal! ¡tú eres el mal!.
De pronto el oráculo empezó a incharse como una pelota. Primero sus manos, después los brazos, para seguir con las piernas y el tronco hasta que por fin abrió su gran boca y de ella empezó a salir un humo de color violeta al que siguió un haz de luz que salió disparado golpeando en el pecho del tío Sam y lo tiró unos metros hacia atrás. Éste no tardó en levantarse y comenzó a balbucear unas palabras ininteligibles hasta que sus manos empezaron a brillar, tanto que lentamente fueron encendiédose hasta quedar envueltas en fuego. Después un rayo de color blanco salió despedido hacia el oráculo que a su vez lo repelió y lo volvió a lanzar contra el tío Sam que volvió caer al suelo. De un salto el oráculo fue desde donde estaba hasta el cuerpo del tío Sam cayendo sobre su cuerpo que quedó atrapado entre sus dos piernas y le lanzó a bocajarro otro rayo violeta que acabó con él.
El oráculo retrocedió dejando el cuerpo del tío Sam tendido en el suelo polvoriento. Parecía estar muerto. El oráculo, como celebrando la victoria, levantó los brazos y miró al cielo riendo y profiriendo unas palabras ilegibles que sonaron a plegaria.
Mientras tanto el monstruo le esperaba a los pies del altar donde había vuelto a dejar a la chica. Mirándole fijamente, el oráculo le ordenó que empezara el ritual. Este se arrodilló ante Aliné y comenzó a murmurar unos rezos. Mientras tanto el brujo tomó el bastón que había dejado en el suelo y llevó el extremo superior de este hasta la frente de la chica. Lentamente la respiración de Aliné fue aumentando hasta que se normalizó por completo. La bestia se levantó y se acercó a ella. Llevó su cabeza hasta la cabeza de la chica e hizo el gesto de darle un beso sin llegar a tocar sus labios, abrió la boca y la boca de Aliné se abrió también como impulsada por la inercia del monstruo. Una ráfaga de luz violeta salió de la boca de la bestia entrando en el cuerpo de la chica hasta que el pecho de la muchacha empezó a abultarse y el tronco entero resplandeció con un aura blanca. El cuerpo entero de Aliné empezó a convulsionarse mientras el aura blanca subía y bajaba de tonalidad.
El alma de la chica luchaba por quedarse dentro de su cuerpo, pero la fuerza de la luz violeta parecía vencer su resistencia.
Poco a poco empezó a aparecer, en la boca de Aliné, un destello de luz blanca en forma de bola que parecía querer salir del cuerpo.
En ese momento Ernesto abrió los ojos y vio a su hija sobre el altar y a la bestia encima de ella. La luz blanca que aparecía por la boca parecía resistirse a salir del cuerpo, así que la bestia enfurecía más al darse cuenta de la fuerza del alma de Aliné. El monstruo gruñó mirando fijamente a la cara de la chica.
Ernesto estaba a punto de tirarse sobre el altar, hasta que vio como muy lentamente, Aliné abría sus ojos azules y miraba a los ojos del monstruo. Este, al ver la belleza increible de la chica, se quedó sin poder, y como hipnotizado, se levantó sobre el altar dejando libre el cuerpo vivo de Aliné.