domingo, enero 28, 2007

El CUENTO DE SAN PEPINO

CAPÍTULO XXI (ÚLTIMO)

El tío Sam, Ernesto y Aliné, un poco desfallecida todavía, estaban junto al altar, y absortos en la pelea no se daban cuenta de que ese era el momento de escapar.

Mientras tanto, el oráculo intentaba condensar todo el poder que le quedaba en su mano derecha, la cual ardía con fuerza junto a la cabeza del monstruo. Al percatarse de ello la bestia con patas de caballo golpeó el brazo viscoso y humeante del oráculo que en ese momento soltaba su rayo, haciendo que éste diera en el arbusto del cual el cangrejo rojo se había colgado. El rayo hizo un boquete en el lugar donde estaba el arbusto y el cangrejo salió despedido hacia los dos monstruos al mismo tiempo que el alma verdosa del oráculo salía por completo de su cuerpo e iba a caer justamente en el frasco vacío que todavía sostenía el cangrejo rojo.

El cuerpo del oráculo cayó desvanecido frente al monstruo que él mismo había creado y empezó a arder.
Éste miraba ahora sin dar crédito a lo que veía, parecía no creer haber terminado con su propio amo, y una especie de cosquilleo le subía desde el estómago hacia la garganta. Sus brazos y sus piernas empezaron a temblar nerviosamente hasta que todo su cuerpo se convirtió en un río de energía que parecía querer salir por su garganta. Alzó la mirada al cielo y vio las estrellas que, impertérritas, observaban como el animal había conseguido liberarse.
-¡Libertaaaad!, ¡Soy libreee!- gritó alzando su dura voz hacia el cielo con la ilusión de que las estrellas le escucharan. Después miró a Aliné y a los suyos- No temais, no os voy a hacer daño, ahora soy libre no debeis tenerme miedo.
Ninguno de los tres dijo nada, ni siquiera el tío Sam, que parecía no entender nada de lo que había pasado.
-Te creo –dijo Aliné por fin con voz quebrada- me has salvado la vida, ahora me gustaría poder ayudarte.
-La verdad es que no se cómo puedes hacerlo, mírame, sigo siendo monstruoso.
-Creo que lo que necesitas es un hogar…
-No tengo a donde ir, a lo mejor podría serviros de ayuda en vuestra tierra.
-Para mi ya eres bien recibido en mi casa, no tienes que preocuparte por nada. –La chica miró a su padre y al tío Sam que a la vez la miraban a ella sorprendidos por la madurez de sus palabras-
-¡Nuestra casa no está lejos de aquí, serás bienvenido en mi taberna!
-¡Y mi mujer nos hará con placer unas exquisitas chocolatinas!
-¡Bravo! –gritó Aliné- Pero tenemos que devolverle el alma al joven de la playa y destrozar la cápsula del oráculo.

El cangrejo rojo ya saboreaba aquel brebaje verdoso y empezó a sentirse un poco pesado. Pensó que quizás la morcilla le estaba causando esas molestias y dio otro largo trago a la cápsula que ya estaba casi vacía, con la intención de amortiguar aquella pesadez. De pronto, sintió un retorcijón tan fuerte en el estómago que los ojos casi le salen de las órbitas. Instantes después otro retorcijón y la cabeza le comenzó a dar bandazos hacia los lados mientras comenzaba a tener un calor espantoso. Otro trago y acabó con el contenido de la cápsula, así que pensó que lo mejor sería ir en busca del mar y darse un buen chapuzón. Pero al comenzar a caminar se dio cuenta de que las patas no le respondían y que además éstas comenzaban a tomar un color verdoso. El estómago le ardía tanto que pensó que le iba a explotar, lo único que podía hacer era pedir ayuda a los humanos que antes le habían apresado e intentar volver a uír mas tarde.
Cuando se acercó a ellos y éstos vieron el estado en que estaba se dieron cuenta rápidamente de a dónde había ido a parar el alma del oráculo.
-No os preocupeis -dijo el monstruo- no le pasará nada, dentro de unas horas estará perfectamente, bueno, quizás un poco más verdoso y seguro que de bastante mal humor, por lo demás no puede hacernos ningún daño, al haber perdido su cuerpo, el oráculo ha perdido también sus poderes.


Algunos días después, el hombre rubio que había llegado a la playa, estaba casi completamente recuperado. Su alma le había sido devuelta y ahora descansaba en una cama desconocida sin recordar absolutamente nada de lo que le había pasado. La madre de Aliné cuidaba de que no tuviera falta de nada, y por las noches, cuando la fiebre le subía a causa del gran cambio que su organismo padecía, la propia Aliné cubría su frente con trapos húmedos y le traía agua para que no se deshidratara.
Al cuarto día, el chico preguntó por lo que que le había pasado; lo último que recordaba era que estaba pescando sobre las rocas y que una gran ola lo había empujado hasta las profundidades.
-El mar te llevó hasta aquí, has tenido suerte.
-Gracias, nunca podré pagarte tanta hospitalidad.

2 Comments:

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